Skip to content

Ceci n´est pas exploitation

CECI N´EST PAS EXPLOITATION. Santiago Sierra y el sentido del arte político.

Nacho París. publicado en el nº 3 de MONO (2004)

Las acciones que lleva a cabo el artista Santiago Sierra consisten en cosas tales como: contratar a un indigente durante dos semanas y meterle en un hueco bajo tierra, a siete dólares la hora; o bien rasurar una línea de 10 pulgadas sobra las cabezas de dos heroinómanos, remunerándoles con una dosis a cada uno; o tatuar una línea de 250 cm. sobre la espalda a seis hombres, o hacer lo mismo a prostitutas heroinómanas a cambio del precio de un chute; o pagar a indigentes para permanecer en el interior de cajas de cartón; o introducir a una persona detrás de un muro de ladrillo para que permanezca durante 360 horas continuas; o encerrar a trabajadores en la bodega de un barco.

Para F. Castro Florez: “las provocadoras intervenciones de Sierra, en una dinámica de exceso que supera lo post-performativo, dinamiza la reflexión estética (…)” mientras nos liberan de “un encefalograma plano de los impulsos críticos”. Para Rosa Martínez: “El trabajo de Santiago Sierra se inscribe dentro de un conjunto de operaciones críticas que ponen en cuestión la creencia de que el arte es una actividad autónoma, sublime y desinteresada. Evaluando las obras realizadas en los últimos doce años se constata la persistencia de temas y líneas recurrentes de actuación que remiten a una obsesión fundamental: la que deconstruye el minimalismo – como lenguaje hegemónico asociándolo a la dictadura de la producción y el beneficio. En las acciones de Sierra, las personas se convierten en “ready-mades performativos” con los que conforma “historias situadas” que amplían la noción clásica de intervención específica. En la misma línea Miguel Ángel Hidalgo García dice de Santiago Sierra: “(…) es en primer lugar un etnógrafo que mapea, que estudia hasta elaborar su cartografía (…). Sus obras pueden entrar dentro de esa nueva redimensión del site-especific que ha realizado Miwon Kwon, el site como lugar social”. Y además afirma: “ la expresión en el rostro del hombre que cobrando por horas permaneció durante dos semanas encerrado tras el muro con el que Santiago Sierra dividió en dos mitades una sala del Centro de Arte Contemporáneo P.S.1 de Nueva York era la expresión de aquel que se siente un mono de feria y mira entre atónito e incrédulo porque no sabe de qué va el circo (…) y parecía no ser consciente de que en ese mismo instante su existencia había sido sublimada al convertirse, vía intención del artista, en una obra de arte.”

En estos comentarios encontramos una serie de ejemplos que se aproximan a lo que Pierre Bordieu define como lógica interna, un espacio de posibilidades constituido por conceptos referencias y nombres, ” todo un sistema de coordenadas que hay que tener en la cabeza- lo que no significa en la conciencia – para participar en el juego”. Una especie de doxa a la institución arte que quiere justificar las operaciones de explotación llevadas a cabo por S. Sierra en nombre de hipotéticas aportaciones a este dominio del conocimiento. Así, aquellos que glorifican la obra de S. Sierra, recurriendo a los paradigmas de la crítica de arte actual -lo etnográfico, la renovación del site specific etc, no hacen otra cosa que llevar a cabo una toma de posición estilística, elaborando una estrategia epistemológica que nos remita al cielo de las ideas y la historia, para demostrar una evolución necesaria, una aportación trascendental, que permita a las voces experta situar estas intervenciones en el territorio seductor de la cultura, y, omitiendo otras consideraciones más terrenales, olvidando leer el sentido más inmediato de esas acciones, les posibilite eludir cualquier debate ético. Pero puede ocurrir que consideremos el arte, no como una verdad eterna, si no solo otro producto de la historia, una cosa demasiado liviana, algo tan arbitrario y puesto en cuestión, que no nos permita contemplar la posibilidad de que la renovación de su arsenal simbólico se lleva a cabo por medio de este tipo de acciones.
Más compleja resulta la adscripción de este artista al ámbito del arte político; una vertiente de la actividad artística que en cuanto participa plenamente de la dinámica institucional parece condenada a perder parte de su eficacia crítica; a ver limada su capacidad para cuestionar relaciones de poder, convirtiéndose en otro producto del espectáculo cultural. De manera que el trabajo de S. Sierra, no siendo otra cosa que puro reflejo del fenómeno de la explotación, eso sí, con apariencia de denuncia en virtud del contexto en el que se desarrolla, funciona, en ni opinión, como constatación de la inevitabilidad de las relaciones mercantiles dominantes, contribuyendo a percibir estas, no como una opción ideológico- económica, sino como algo constitutivo de la realidad misma; y dichas acciones al ser alentadas por la industria cultural y las estructuras hegemónicas del arte, entran por la puerta grande en las estrategias cognitivas del estado y sus procesos de domesticación, para funcionar como legitimadores de la situaciones que pretende denunciar.
No obstante es el propio Santiago Sierra el primero en negar su condición de artista político, e incluso la posibilidad misma del arte político: “Un artista es un productor de objetos de lujo y desde esta perspectiva es muy poco convincente una idea de compromiso político”. Para este artista el sentido de sus acciones reside en el reconocimiento que él obtiene del mundo del arte y en los beneficios económicos que le reportan, negando cualquier ejemplaridad moral e insistiendo en que su valor es el de una mercancía obtenida por la explotación de los otros, que, urgidos solo por la necesidad, se prestan voluntarios a la venta de su cuerpo y su tiempo, y son remunerados.
Así visto, es coherente al negar su adscripción al ámbito del arte político, ya que este ha tendido históricamente a primar el sentido social de sus acciones, importándole poco si estas eran entendidas o no como arte. Situada en el polo opuesto, la obra de S. Sierra es un ejercicio de poder, tanto del artista como de las instancias burocráticas que lo sustentan, y que oculta un narcisismo perverso, el cual prolonga las tesis mas reaccionarias del artista heroico o titánico y del fetichismo del microcosmos social del arte. Nos encontramos pues ante una tergiversación, intencionada, o no, del sentido del arte político, ya que su trabajo es única y exclusivamente un artefacto artístico en la medida en que solo se sustenta si lo legitima el sistema del arte. Resulta ahora obvio que la estrategia de Santiago Sierra ni es sublime, ni autónoma, ni desinteresada, y aún a riesgo de que mi visión resulte tremendamente reductora, y de un humanismo trasnochado, dudo mucho que para denunciar la mercantilización de la vida y de los cuerpos haga falta reproducir las condiciones de explotación de los seres humanos, y sobre todo me pregunto si al obtener con ello las groseras y exageradas plusvalías que el mercado del arte otorga a Santiago Sierra, estas acciones, en tanto que operaciones críticas contra el sistema, no quedarían puestas en cuestión. No olvidemos que el precio en el mercado de una fotografía de gran formato de cualquiera de estas acciones puede alcanzar los 24.000 €.
Mañana él seguirá explotando a indigentes y obteniendo valiosas plusvalías y alguien me dirá que su objetivo era mi empatía con los miserables y el cuetionamiento del arte y de la figura del artista, para que así, se me revelaran las condiciones de la realidad. Pero mientras me convencen, no me resisto a preguntarme si todo esto sería tolerable si fueran las acciones caprichosas de un desconocido llevadas a acabo en el sótano de su casa, y no en galerías de arte y museos y que consideración merecerían si no fueran Cultura.

Permítanme, por último, extractarles, “Crónica del sudor ajeno. Una acción de Santiago Sierra”, un texto de Cuauhtémoc Medina en el que describe una acción del artista en el año 2000, en ciudad de México, consistente en contratar a cinco trabajadores para que aguantaran el muro de una galería, a 60 grados del suelo, durante cuatro horas.
“Los cinco cargadores desprenden el muro de tablarroca, y lo corren cuestión de medio metro fuera de la pared para evitar una columna. Entonces, lo dejan venir sobre sus cabezas, bajándolo hasta lograr la inclinación requerida(..). Santiago Sierra les da órdenes con un cigarrillo en la boca: “Cuatro sostienen la pared, y el quinto toma el puesto de quien se canse o quiera ir al baño”. Sin pensarlo más, el trabajador que está libre saca un alambre e intenta amarrar el muro de una viga en el techo. Sierra se lo impide sin dar mayores explicaciones y verifica e que sea correcta la inclinación.(…)Obviamente, los obreros no podrán sostener el muro durante cuatro horas a mano limpia: siguen batallando para mantenerlo apenas estable(…)Yo supuse que la paga era medianamente atractiva, pero Montserrat Albores, quien está a cargo de la galería, me saca de mi error(…) en total, cobrarán setecientos pesos (como setenta y cinco dólares) por veinte horas de estar cargando una desgraciada pared.(…)
Minutos más tarde, Sierra vuelve. Se ha ausentado durante casi todo el desarrollo de la pieza. Me explica: “Una cosa es planear la acción, otra cosa es hacer que la gente lleve a cabo las instrucciones. Me da mal rollo verlos.” Este es un verdugo que cierra los ojos al bajar el hacha.”

El texto completo “Crónica del sudor ajeno. Una acción de Santiago Sierra” de Cuauhtémoc Medina puede consultarse en “http://www.laneta.apc.org/curare/
El resto de los texto aquí citados se pueden ver en “http://www.teleskop.es/04” . A excepción del de Rosa Martínez del que existe un resumen en http://personal.telefonica.terra.es/web/rosadevenir/santiagosierra_esp.htm