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la distinción

Quizá se objete que este mundo del diseño total no es nuevo -que la combinación de o estético y lo utilitario en lo comercial se remonta por lo menos al programa de diseño de la Bauhaus en los años veinte-, y se tendría razón. Si la primera Revolución Industrial allanó el terreno para la economía política, para una teoría racional de la producción, según jean Baudríllard arguyó hace mucho tiempo, la segunda Revolución Industrial, tal como la Bauhaus la tituló, extendió este “sistema del valor de cambio a todo el dominio de los signos, formas y objetos… en nombre del diseño”. Según Baudrillard, la Bauhaus supuso un salto cualitativo de una economía política del producto a una “economía política del signo”, en la cual las estructuras de la mercancia y del signo se revitalizaron mutuamente, de modo que las dos podían circular como una, como productos imagen con ‘valor de cambio en cuanto signo’, tal como hacen en nuestro tiempo. Por supuesto, no es esto ni mucho menos lo que los maestros de la Bauhaus, algunos de los cuales eran marxistas, tenían en mente, pero tal suele ser la pesadilla de la modernidad, en las astucias de la historia (tal como T, J. Clark la definió en una ocasión). Fíjate bien en lo que deseas, dice un proverbio de la modernidad vista desde el presente, porque pudría cumplirse… de una forma perversa. Así, para quedarnos sólo con el ejemplo principal, el viejo proyecto de reconectar Arte y Vida, de diversos modos sancionado por el Art Nouveau, la Bauhaus y muchos otros movimientos, acabó cumpliéndose, pero siguiendo los espectaculares dictados de la industria cultural, no las ambiciones libertadoras de la vanguardia. Y el diseño es una forma primaria de esta perversa reconciliación en nuestros tiempos.

Diseño y Delito. Hal Foster


En el campo de las ciencias sociales, se suele discutir el espacio en función de la presencia del hombre en él. En arquitectura, sin embargo, son las cualidades abstractas del espacio las que se destacan, por un motivo comprensible aunque no del todo perdonable: los arquitectos son especialistas en la formación de estas cualidades. Uno de los clichés asociados con este enfoque es que el espacio se diseña para ser funcional, lo que significa, en la jerga de los arquitectos, dar a todos los espacios que diseñan una forma pensada para un «programa» de uso humano.

Esto, por supuesto, es absurdo. Los arquitectos suelen diseñar volúmenes de espacio rectilíneos, siguiendo las reglas cartesianas de la geometría, y cualquiera puede observar que semejantes espacios no resultan más adecuados para ser utilizados como despachos que un dormitorio o una carnicería. Todo espacio diseñado es, de hecho, pura abstracción, más fiel a un sistema matemático que a cualquier «función» humana. Mientras los arquitectos hablan de diseñar espacios que satisfagan las necesidades humanas, de hecho son éstas las que se diseñan para satisfacer el espacio diseñado y el abstracto sistema de pensamiento y organización en que se basa el diseño. En el caso de los espacios cartesianos, estos sistemas incluyen no sólo la dualidad cuerpo-mente de Descartes, sino también el determinismo causa-efecto de Newton, las leyes de lógica de Aristóteles y otras construcciones teóricas requeridas por los poderes sociales y políticos del momento. El diseño es una forma de controlar el comportamiento humano y de mantener este control en el futuro. El arquitecto es un funcionario en una cadena de mando cuya tarea más importante (desde el punto de vista de las instituciones) consiste en calificar espacios que, de otro modo, quedarían abstractos y «absurdos», con «funciones» que en realidad son instrucciones a la gente sobre cómo han de comportarse en determinados lugares y momentos. La trama de espacios diseñados, la ciudad, es un intrincado plan de comportamiento que proscribe toda clase de interacciones sociales y que excluye, por tanto, los pensamientos y, cuando es posible, los sentimientos de los individuos.

La cuestión del espacio. Lebbeus Woods. En Tecnociencia y cibercultura, VVAA Ed.Paidos.1998