Imagen contra palabra. Verosimilitud y medios de comunicación.

 

“Una fotografía tiene dos dimensiones, la pantalla de un televisor también, ni la una ni la otra pueden recorrerse. De un lado al otro de una calle, doblados o arqueados, los pies empujando una pared y la cabeza apoyada en la otra, los cadáveres, negros e hinchados, que debía franquear eran todos palestinos y libaneses. Para mí, como para el resto de la población que quedaba, deambular por Chatila y Sabra se parecía al juego de la pídola. Un niño muerto puede a veces bloquear una calle, son tan estrechas, tan angostas, y los muertos tan cuantiosos.”(…)

Las fotografías no captan las moscas ni el olor blanco y espeso de la muerte. Tampoco dicen los saltos que hay que dar cuando se va de un cadáver a otro. La soledad de los muertos, en los campamentos de Chatila, era más sensible porque tenían gestos y poses de las que no se habían preocupado. Muertos de cualquier forma. Muertos abandonados”. 

Jean Genet Cuatro horas en Chatila

El terrible y doloroso texto de Genet que encabeza este escrito debe, en mi opinión, leerse desde la perspectiva de la imposibilidad cierta de comunicar la verdadera dimensión de una tragedia; el aparente poder de verosimilitud de la fotografía y la televisión poco añaden a la palabra cuando es necesario comunicar la visión del horror. Sin embargo Genet solo pone en tela de juicio la capacidad de la imagen técnica, habla de las limitaciones de la fotografía y de la televisión pero no pone en cuestión el poder de la palabra; a partir de aquí podría interpretarse el texto en otros términos, situando la polémica en la maniquea cuestión de el verbo contra la imagen, lugar común de un cierto pensamiento contemporáneo, que plantea un enfrentamiento entre: la cultura escrita, baluarte de la razón analítica y del pensamiento independiente, y la cultura visual como la hegemónica hoy en día, ámbito propio de la intuición y la inmediatez, a la vez que causa prioritaria del empobrecimiento y la homogeneización de la pensamiento.
Una cierta tecnofobia suele acompañara a este discurso, según el cual el imparable desarrollo de las técnicas de producción y difusión de imágenes seria el culpable, por saturación, del adocenamiento acrítico de una sociedad que se limita a recibir pasivamente los mensajes dictados desde los medios. La inmediatez de lo visual, el flujo permanente de imágenes, no concederían tiempo para el análisis.
Aunque algo de todo esto no deje de ser cierto – jamás habíamos fabricado y recibido tantas imágenes y la visualidad se impone desde la televisión como medio de comunicación de masas dominante, – no lo será menos que nunca se había publicado tanto. La tecnología, a la vez que propicia la invasión de imágenes, ha posibilitado la proliferación de radios y editoriales independientes, y ha simplificado democratizado y abaratado los procesos de edición de libros; como contrapartida no podemos olvidar que, desde la invención de la imprenta, el proceso de democratización de la cultura escrita ha sido un elemento fundamental de la unificación cultural, arma poderosa del colonialismo en el sometimiento de otras culturas y de sus lenguas y dialectos. Fue, que duda cabe, en un largo proceso histórico, mucho más dilatado en el tiempo pero similar al que hoy producen el cine, el vídeo y la televisión en la unificación universal de la mirada. Fenómeno de dominación cultural producido, no tanto desde las características especificas de un lenguaje, como desde el control y dominio de la industria por parte de unos pocos.
Así pues la realidad parece mas compleja, la sospecha crítica de insatisfacción en el proceso comunicativo debe venir sobretodo de factores relacionados con el contexto sociocultural de comunicación contemporáneo y no tanto del supuesto relevo en el dominio de una cultura escrita por una cultura visual.

Los medios de comunicación nos saturan de imágenes, pero su construcción de lo real, su representación no esta afectada por los criterios de la ciencia, a los medios no les importa la verdad, les importa la novedad o la información. Su sistema no es exhaustivo, es selectivo y en consecuencia reductivo; además el proceso de comunicación es excluyente, impide al receptor interactuar, y cuando se le permite esto se reduce a una escenificación. Esencialmente autopoieticos los medios se convierten en una estructura autónoma, que además imponen una moral a la sociedad, es esta moral la que dicta los criterios de “normalidad”, sin ella no hay excepción y en consecuencia no se pude seleccionar la noticia. La parcialidad informativa efecto de prioridades tales como la urgencia, la competencia, la exclusividad o el sensacionalismo; dictadas desde el mercado y la industria de los mass media, secuestran la rigurosidad de la información tanto visual como escrita.

Aunque creo que el problema al que hace mención el texto de Genet no se pude plantear de manera absoluta como una confrontación entre escritura y fotografía, lo que sí es cierto es que en la mirada contemporánea sobre la imagen técnica se expresan manifiestamente algunas paradojas sobre la condición moderna de la representación visual y su significado.
Así, aunque el desarrollo técnico e industrial de producción de imágenes desde la invención de la fotografía, haya ido desplazando el primitivo carácter de “analogon” de esta, hacia su condición mas connotativa; resulta paradójico como a pesar de todo ha permanecido, como esquema interpretativo y marco de significado, la hipotética especificidad analógica de la fotografía. Una especie de “prejuicio de realidad” que dotaría de alma o de sentido al hecho fotográfico, un discurso resistente e interesado emitido, en mi opinión, desde el poder y el orden establecido.
La insistencia en los aspectos puramente documentales de la imagen fotográfica ha servido para disfrazar de objetividad lo que sin duda no es otra cosa que opinión. Existe un lenguaje fotográfico que, a pesar de la natural polisemia de la imagen, propone un significado. La imagen es un texto – “la fotografía de prensa es un mensaje”(Barthes) – y la manipulación de la imagen es inherente a su historia. La pervivencia de ese discurso subterráneo que defiende una supuesta esencia objetiva de la fotografía, proviene, a mi entender de la voluntad interesada de una manipulación destinada a confundir opinión e información. Confusión tendenciosa provocada por elementos ajenos al medio, producto de condiciones sociopoliticas que operarían exactamente igual sobre un texto escrito. La imposición de mensajes, la lectura unívoca de significados, se emiten desde el poder y les sirve igual la imagen que la palabra.

Parece ahora que el conflicto se centra más en el contexto de emisión de los mensajes que en el lenguaje utilizado. La cuestión es el dominio de los mass media en el proceso comunicativo desde la condición de oligopolio de estos.
Descartada la dicotomía texto – imagen como centro del dilema, este residiría básicamente en la conjunción de dos factores: primero, nuestra permanente dependencia de esa característica originaria de indicio o de huella de la imagen fotográfica – que nos exhorta a su condición de verdad – segundo, la especificidad de los medios, cuyos formatos y modos de presentación unidos tanto a su condición de comunicación unívoca, como a imperativos de orden sociocultural (industriales, económicos políticos ) y a su permanente presencia en nuestra vida cotidiana – que convierten la imagen en una suerte de ruido y al a mirada en una forma de escucha – terminan creando un marco de referencia dominante sobre nuestra idea de realidad. Para una mayoría de la población, en las noticias transmitidas por la televisión se impone la presunción de fidelidad a lo real frente a la sospecha de manipulación. La institucionalización de los medios como fuente de información legitimada, su presencia cotidiana convirtiéndolos en agentes de confianza, la “naturalidad” asumida de sus criterios de noticiabilidad, terminan limitando sus significados a los que propone la ideología dominante.
Probablemente en el centro de este debate (texto contra imagen, control de la información, verosimilitud etc.) se halle la información transmitida a través de los telediarios. En la discusión a cerca de si estructura una cuestión innegable, pero a menudo hipostasiada, es que se imponga la composición de imágenes a la narración verbal de los hechos; este no sería ni el único ni el mas grave de los problemas, la selección de lo noticiable, la yuxtaposición de sucesos de relevancia diversa, la creación de estereotipos, la unidireccionalidad del proceso comunicativo, las particulares condiciones de recepción del mensaje televisivo, (su presencia cotidiana ), la confusión o la ilusión creada por la televisión y su capacidad de asistir en directo a los hechos – que a diferencia del cine (una huella en diferido una ficción manifiesta) incide en la abolición de todo carácter simbólico de la imagen para confundir en el tiempo lo real y su representación – compondrían un conjunto de elementos que son propios de un modo de representación y terminan configurando los esquemas interpretativos de la realidad. Si la comunicación se entiende como la producción y participación en la construcción de significados son evidentes los riesgos del dominio de una comunicación sin interacción como es producida desde los medios.

El sometimiento de la información a su propia lógica y el sometimiento de la audiencia a la razón de los medios terminan por determinar el absurdo sometimiento de la realidad a las necesidades de los medios.
Lo que habrá que preguntarse entonces es si podemos pensar hoy en el estatuto de la imagen y su poder sin considerar que la capacidad de representación de lo real de la imagen técnica y el monopolio de la capacidad simbólica de esta, le pertenece a los medios; cuya estructura dicta desde sus necesidades, lo visible. En otras palabras, dado que construimos el sentido de lo real a través de nuestra relación con marcos institucionalizados de significado, el universo simbólico producido por la imagen técnica dominada por intereses expúreos esta constituyendo irremediablemente nuestra idea de lo real.
El debate se sitúa, para mi ahora, en si la polisemia de la imagen y el contexto espacial y sociocultural de recepción son elementos suficientes para creer en una respuesta alternativa y una diversidad de significados elaborados por la audiencia frente al discursos inducidos desde el poder.
Probablemente la hegemonía de la televisión dentro del sistema comunicativo y periodístico cuestione la posibilidad de una reinterpretación de los discursos dominantes. La luz de la información televisiva, aunque este bajo sospecha, seguirá arrojando oscuridad sobre lo real mientras dependamos tanto de esa información.
Y en su relación con la muerte, ni la fotografía ni la televisión, dejarán un espacio digno al sujeto fotográfico convertido ya en objeto-imagen. Nadie hablará realmente en nombre de las víctimas, ni el fotógrafo ni el cámara ni el espectador. ¿Quién, porqué, y en nombre de quién dará voz a los muertos?. ¿Cómo pueden devolvernos la mirada?.

“pues la función esencial del Poder Televisivo es, por el mero encuadre en el menú diario del noticiero, convertir en Historia lo que ahora mismo está pasando,
y procurar así que en verdad no pase nada, ya que en el tiempo de la Historia nada pasa”

Agustín García Calvo. De Dios

Post a Comment

(Never published)