Valencia amenazada. Arquitectura colosal y ciudadania

Nacho París.  Junio de 2005

Valencia vive actualmente amenazada por una serie de espectaculares proyectos arquitectónicos que se nos presentan como una indiscutible mejora y modernización de la ciudad asociada su desarrollo económico. El listado de carísimas utopías proyectuales en la ciudad y aledaños es sorprendente; de un lado aparecen algunas sustentadas en el poder mediático de la arquitectura espectacular, como: Valencia Litoral, una propuesta para el desarrollo urbanístico del frente marítimo de Valencia, promovido por Ignacio Jiménez de Laiglesia director de Estrategia y Negociación de Inmuebles. y liderada por Jean Nouvel, que supondría una inversión de 2.000 millones de euros para reordenar dos millones de metros cuadrados, desde Nazaret a la Malvarrosa. Sociópolis – un proyecto de urbanización en la pedanía de la Torre de 3000 viviendas de protección oficial en 78 hectáreas concebida como un ghetto de viviendas que se pretende llevar a cabo descatalogando terrenos de huerta y bienes patrimoniales y al que se ha dado luz verde tras incorporar pequeñas demandas sobre las alegaciones en contra presentadas por Per l`Horta, grupos de oposición municipal y el Colegio de Arquitectos. Un proyecto heredado de la Bienal de Valencia que disfrazado de preocupación social, paradójicamente no preveía ningún equipamiento público, ni colegios ni jardines, ni centro de salud, y que solo sirve a los especuladores ya que libera suelo urbano y elimina competencia al alejar del la ciudad las iniciativas de construcción de viviendas de protección oficial. Eso sí cuenta con la colaboración de prestigiosos arquitectos Vicente Guallart, Abalos&Herreros, Manuel Gausa, Torres Nadal, Willy Muller, Toyo Ito, MVRDV, Alejandro Zaera, Duncan Lewis. … Las torres de Calatrava; tres rascacielos llamados ingeniosamente Valencia, Alicante y Castellón, de 308, 266 y 220 metros (inspirados en las columnas de la Lonja de valencia). Un edificio de viviendas de lujo, un hotel, y oficinas, sobre una estación del AVE, junto a un ágora. Una inmoral operación económica, al haberse proyectado sobre suelo expropiado para uso público y donde estaba prevista la construcción de 450 viviendas de protección oficial. Es “el hito final, de uso privado”, en palabras de su autor, para rematar el ruinoso proyecto público de la Ciudad de las Artes y las Ciencias.  El Fodereck; un edificio para poder seguir la Copa del América junto al canal de acceso a la dársena interior del puerto del que se encargara David Chipperfield, una construcción que a pesar de suponer un importante desembolso público será de uso exclusivo. El planeamiento de El Grau (más de 370.000 metros cuadrados en torno a la desembocadura del Turia), el Balcón al Mar, la ampliación del IVAM… …Y junto a estos proyectos aparecen meras operaciones urbanísticas, cuyo interés especulador no se disfraza con grandes firmas de arquitectos estrellas; como el pelotazo de Mestalla: que implica dos recalificaciónes la de los terrenos del actual Mestalla y la del Valle de Porxinos, (1.651.000 metros cuadrados de suelo rústico de alto valor ecológico) sobre el que se construirían además de la ciudad deportiva, 2800 viviendas. La ampliación de Blasco Ibáñez – que supondría la destrucción de un entramado de calles declarado Bien de Interés Cultural y el desplazamiento de mas de 2000 vecinos–,o el eterno del Parque Central, que consiste en el soterramiento de las vías que proceden de la Estación Norte, un proyecto de parque, inicialmente, al que le van creciendo rascacielos a medida que se modifica y que esta influyendo negativamente en el depredador proceso especulativo que esta sufriendo el Barrio de Russafa.

De esta superabundancia de ocurrencias urbanas espectaculares sorprende, en primer lugar, la variedad de las que aparecen ligadas a la America`s Cup y al turismo que hipotéticamente generará. Y en segundo lugar, la manifiesta incompatibilidad de algunas, (especialmente las que se disputan la reordenación de la fachada litoral de la ciudad) revelando una falta de definición y sobretodo una guerra de intereses ajenas a la ciudadanía. En cualquier caso, el sano espíritu de competición, promotor de tanta iniciativa, parece contagiar todas las operaciones urbanas y arquitectónicas a las que nos referimos; y en las que se aborda el progreso como si de otro concurso deportivo se tratara (más alto más grande, más moderno). La propaganda institucional imbuida del espíritu de lo “sublime histérico” (Jameson), de una filosofía de show de los récords, ampara estas intervenciones abundando en el gesto populista, obsesionada exclusivamente por la trasgresión de la medida, en la búsqueda absurda de esa mercancía de “lo único” espectacular que convierte la desmesura en propaganda para disfrazar el sentido estrictamente mercantil de estas operaciones.

Así, ante el frenético advenimiento de ocurrencias constructivas vinculadas a la Copa del América, resulta inevitable pensar que los responsables de los gobiernos metropolitano y autonómico no se dignan a proponer, si no es a cuenta de un macro-evento cultural o deportivo que – aún a pesar de su carácter coyuntural – absorberá gran parte de nuestros recursos económicos, y se convertirá en la razón o la excusa para transformaciones definitivas de la fisonomía de la ciudad. Como si Valencia no necesitara creación de infraestructuras mantenimiento y mejoras cotidianas, como si nuestras vidas no se fueran a desplegar sobre unos proyectos que, presentándose ahora como intervenciones urgentes y necesarias –tan “necesarias” como un canal de 80 mts. de ancho por 400 mts. de largo que conecte la dársena interior del puerto con la zona de regatas en solo 15 minutos, o un club de propietarios de grandes yates con su propio helipuerto, y una zona de amarre para embarcaciones con más de 40 mts. de eslora (Carolina del Olmo)–. En realidad no son mucho más que improvisaciones concebidas para adornar esta ciudad de cara a una figura tan cómoda para el poder político como lo es le de el turista; alguien de paso, un visitante alienado que gasta mucho sin exigir tanta prestación de servicios, ni implicarse en los problemas urbanos y que parece constituirse en el único usuario legítimo del espacio público.

Pero hay que estar atentos, porque tras la hermanada estrategia del macro evento mediático y la arquitectura espectacular (cortinas de humo), subyace un modelo de desarrollo urbano neoliberal radicalmente especulativo que se propone como excluyente respecto a una planificación urbana seria, social y participativa, contrario a un proyecto democrático y definido de ciudad. Así que los poderes públicos y privados aún podrán admitir la critica al espectáculo de turno, pero difícilmente permitirán el debate público sobre el modelo urbano implícito, y a quien beneficia.

Esta manifiesta ausencia de planificación, sustituida por la avalancha de proyectos espectaculares, es una situación que, siendo el signo de los tiempos, proviene, en parte, del fracaso de las promesas transformadoras de determinadas utopías de ordenación urbana, pero sobretodo, del advenimiento de una razón económica que, despreciando el carácter prescriptivo del proyecto como instrumento de racionalidad técnica y utilidad social, pretende falazmente, que: liberando el desarrollo urbano a las dinámicas del mercado se obtienen mejoras para toda la sociedad. Esta fe en las bondades de la economía neoliberal favorece el abandono del gobierno de la ciudad en las manos de sectores económicos, tan tremendamente volátiles, como las compañías financieras y el sector inmobiliario lo cual supone un indudable riesgo económico – hay que recordar ahora el papel que jugo el hundimiento del sector inmobiliario en anteriores recesiones económicas. Pero además este triunfo ejecutivo de los flujos de inversión globales, de la flexibilidad y la desrregularización, generan una aceleración del proceso socioeconómico que influye en el cambio urbano alejándolo de la sociedad local. De hecho el desinterés del ayuntamiento de Valencia y la resistencia de los promotores valencianos ante el proyecto Valencia Litoral procedería de la imposibilidad, dada su magnitud, de su control exclusivo, de ahí que este megaproyecto desate las iras de Juan Bautista Soler y las ambiciones de Florentino Pérez.

La construcción de la ciudad, (o mejor la destrucción de la idea de ciudad), de acuerdo a una estrategia económica neoliberal, funciona coartando cualquier intento de planificación y participación de la sociedad civil y relegando la labor de las administraciones públicas a una mera gestión, desarrollada en defensa de intereses mercantiles. Pero una ciudad que crezca atendiendo exclusivamente a paradigmas económicos especuladores, y cuyo único proyecto sea un proyecto financiero, se encontrará, sin duda, con serios problemas en su desarrollo que afectaran a la calidad de vida ciudadana. Probablemente este modelo de desarrollo urbano desatenderá las relaciones espaciales entre vivienda trabajo y servicios; experimentará una agudización de los problemas medioambientales; sufrirá una baja calidad constructiva y verá sus formas de socialización, su espacio público, reducido al ámbito del centro comercial.

En cualquier caso, lo que resulta evidente que estamos inmersos en un proceso de adaptación de la ciudad a las exigencias de la economía global, y que en ese proceso la única baza que juegan los poderse locales, parece ser al explotación ad-nauseam de nuestra ubicación geográfica – de ahí las tensiones urgentes por la reordenación de la fachada litoral –; ya sea por la vía del turismo, ya por la de las comunicaciones en tanto que desarrollo de la ciudad portuaria (y aquí parece perdida la batalla con Barcelona por el liderazgo logístico de la euroregión C6). Pero las consecuencias, para la ciudad en este proceso de desarrollo urbano parecen tan graves como los efectos socioeconómicos que padecerán los ciudadanos en el incesante camino de la terciarización de Valencia: procesos de gentrificación y precariedad laboral

Así que para que no se note (ante la magnitud de los daños colaterales que se van a inflingir a la población) los poderes políticos y económicos optan por la exaltación de la cáscara y lo arbitrario, con la esperanza de crear una fascinación, un asombro, que anule las dudas sobre la necesidad de las intervenciones previstas. Pero el vecino atento, o el inmediatamente afectado (ya que nuestro papel en las disputas entre Necso y Dragados solo puede ser el de víctimas) deberá preguntarse que sentido tienen todas y cada una de estas operaciones, a quien benefician y que ofrecen realmente al ciudadano. Por ejemplo, ¿para que queremos hiperedificios como las torres de Calatrava? Las torres de Calatrava, representan lo que Fernández Alba define como la quiebra entre espacio urbano y objeto arquitectónico, carecen de utilidad urbana y, al margen de servir como símbolo al poder, son una operación innecesaria en esta ciudad si atendemos, primero a los 66.000 pisos vacíos (según el INE) y, segundo, a la utilidad de los rascacielos que no son más que una forma de descongestión; solución a una hiperdensidad metropolitana que aquí no existe.

Pero es que esta presión arquitectónica sin planteamiento urbano que amenaza Valencia revela que, tanto como la política institucional, la arquitectura -espectáculo se encuentra iluminada por el faro cegador del mercado global. La tercera ola del capitalismo, su fase posindustrial, el imparable proceso de globalización posdemocrática, o como se le quiera llamar, y que tanto incumbe a la producción de bienes simbólicos, afecta a la arquitectura dinamitando las ideas de forma y función ( Roberto Fernández). Las monumentales intervenciones arquitectónicas que nos amenazan se desarrollan mayoritariamente sin cuestionamientos, sin conciencia ética y despreciando su función social, dejando como objeto de reflexión únicamente desvaríos estilísticos, variaciones formales, y soluciones hipertecnológicas sin justificación; que rindiendo culto a lo innecesario o a la prepotencia y terminan convirtiéndose en el contenido mismo de la arquitectura. (la ampliación del IVAM es un ejemplo)

Pero la contradicción más sangrante se da entre la magnitud de tanto proyecto constructivo espectacular y el deterioro y abandono del centro (que sufre una imparable hemorragia demográfica) y de los barrios históricos. Cosa que no se entiende porque incluso desde la única razón capaz de ser contemplada por este ayuntamiento, la de la mercadotecnia competitiva de las ciudades, carece de sentido ignorar la extraordinaria importancia de los centros históricos como polos de atracción y elementos configuradores de la imagen de la ciudad. De manera que, especialmente hablando de una ciudad del viejo continente, la imagen del centro urbano es la imagen y representación misma de la ciudad entera. ( y mientras tanto Rita Barberá amenaza con convertirnos en la ciudad líder en arquitectura del mundo)

Parece, en resumen, que, en nombre del espectáculo, la razón de la acción de gobierno es crear un buen clima para los negocios a cualquier precio; lo grotesco es que el motivo elegido sea ni más ni menos que una carrera de barcos; lo trágico es, que en este proceso de creación de un entorno favorable para el desarrollo del capital privado, los perjudicados seamos precisamente la población urbana. Dice D. Harvey que cuando la inversión pública se destina a la creación de un buen clima para los negocios se esta subsidiando el capital y por lo tanto se está contribuyendo a un proceso de restablecimiento del poder y los privilegios de clase. Así que habrá que recordarle al gobierno local que la ciudad es mucho más que el precio de su metro cuadrado, es un espacio social dinámico, un producto colectivo de encuentro, y el lugar donde transcurre nuestra vida. Por eso entre la crisis histórica de un funcionalismo demiúrgico que nos deja huérfanos de utopías urbanas, y el dominio una razón económica neoliberal debe existir un espacio para la reflexión común que permita la construcción plural de la ciudad, articulando proyectos urbanos participativos que atiendan a las necesidades ciudadanas aunando los saberes técnicos o disciplinares y los saberes sociales, (la experiencia y la proximidad) desde la certeza de que la reflexión y el trabajo participativo pueden responder, si es necesario, al desafío de la competencia metropolitana sin destruir la idea de ciudad.

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