El miedo a los extraños en la ciudad de la posdemocracia

 

Cada persona retirada dentro de sí misma, se comporta como si fuera un extraño al destino de todos los demás. Sus hijos y sus buenos amigos constituyen para él la totalidad de la especie humana. En cuanto a las relaciones con sus conciudadanos, puede mezclarse entre ellos, pero no los ve; los toca, pero no los siente; él existe solamente en sí mismo y para él solo. (Tocqueville)

Los niños de Alphaville –un paraíso residencial al oeste de Sao Paulo– no pueden salir sin ir acompañados de sus padres, los menores de dieciocho años necesitan un permiso escrito; para entrar en Alphaville todos los visitantes tienen que identificarse y solo se les permite pasar tras autorización telefónica; cualquier vehículo de proveedores es registrado mientras los operarios son cacheados al entrar y salir; la contratación del personal doméstico debe ser supervisada y autorizada por el servicio de seguridad. Alphaville esta protegido por altos muros, faros buscadores y un sofisticado sistema de vigilancia electrónico; su interior es patrullado por cuatrocientos guardias autorizados a disparar contra cualquier intruso – aunque vaya desarmado y no amenace a nadie –. Sus alrededores los vigilan unidades especiales provistas de rifles Taurus del calibre 12, con cañones recortados, “para poder dar a cinco o seis personas a la vez” –según declara el jefe de seguridad de esta zona residencial–

Alphaville es solo un síntoma más del momento que vivimos; el tiempo de la posdemocracia, cuando la razón de gobierno, dominada por los intereses de la grandes corporaciones, reduce progresivamente el estado de bienestar y las políticas igualitarias, mientras el empleo se precariza y la clase media siente amenazados sus privilegios refugiándose en actitudes de aislamiento producto del miedo a la sociedad 20/80 . En la era de la globalización –cuando la libre circulación de capitales se exalta, ignorando los desequilibrios que genera, y la movilidad de seres humanos es interpretada como un problema – el desconocido, más aún el extranjero, es percibido como un amenaza. Este miedo al huracán de la competencia, genera el deterioro de lo colectivo; y es que, si los extraños son figuras amenazadoras, el intercambio con los otros, la vida pública, deviene en algo puramente formal, cuando no falso (Sennet). En este contexto, la ciudad, convertida en el escenario del poder, sufre la progresiva abolición del espacio público. El desarrollo de la urbe posmoderna, entregado a la lógica del negocio y heredero de un mal funcionalismo, ha ido convirtiendo los lugares colectivos –espacios para la relación y el ejercicio de la ciudadanía–, en zonas residuales entre edificios o vías de tránsito que, anuladas como lugares cívicos por el automóvil, contribuyen a la disolución de la esfera pública y a la soledad. Afuera, los parques y las plazas van siendo ocupados por los excluidos de la sociedad: desocupados, vagabundos emigrantes… En oposición crecen zonas residenciales de calles particulares protegidas por seguridad privada. Como lugar colectivos quedan las grandes superficies comerciales donde confundir ocio y consumo (siempre con el derecho de admisión reservado) o los lugares para el turista donde domina la arquitectura de lo colosal al servicio de la symbolic economy. . Pero ninguno de estos lugares es verdaderamente “espacio publico” lugar de encuentro con los diferentes, sitio para las relaciones heterogéneas, para el conocimiento de la alteridad, y así, la ciudad, históricamente formada y desarrollada en relación a lo extranjero, a la presencia crucial de los otros, invierte ahora el proceso originario en el cual lo público dominaba sobre lo privado; y la cuestión, como dice G. Amendola, es que el conomiento del otro, el respeto a la diversidad no deriva solamente de una opción ética si no que es un imperativo funcional categórico para nuestra sociedad.

En el triunfo de la ciudad privada frente a la ciudad pública, en el florecimiento de urbanizaciones protegidas de la diversidad, se experimenta claramente el nuevo mito contemporáneo, la seguridad, la cual genera dos fenómenos de signo diverso; por un lado la seguridad se privatiza- en los años noventa en los EEUU 28 millones de ciudadanos, más del 10% de la población del país, vive atrincherado en lugares vigilados, y el gasto en seguridad privada dobla ya el gasto del estado en policía. Por otra parte, en especial a partir del 11-S y del desarrollo de las teorías del terrorismo global y la guerra preventiva se experimenta, al considerar al mundo en permanente estado de excepción, un mayor control del estado sobre la ciudadanía y en consecuencia una reducción de las libertades civiles. Nos encontramos así ante un doble retroceso histórico: primero sobre el control del comportamiento violento, ya que someter la exclusividad del uso de la violencia al poder del estado había supuesto un cierto progreso colectivo. Y en segundo lugar experimentamos una regresión sobre el necesario control ciudadano de esa violencia estatal. Pero esta debilidad de lo público, esta agonía de la vida cívica, replegada ante la privatización mercantil y existencial es un concepto del mundo, un modelo cultural homogéneo, que impregna también el espacio de la comunicación social y el ámbito político. El proceso de la comunicación, dominado por los grandes medios y controlado por necesidades propagandísticas y publicitarias, refuerza su carácter univoco. El espacio de la cultura, instrumentalizado por el poder y sus subvenciones es progresivamente vaciado de contenido crítico, espectacularizado y arrojado a las leyes del mercado. Solitarios, reducidos al miedo y la pereza los habitantes de la ciudad privatizada parecen indefensos a las leyes del espectáculo, que permitirá al poder imponer su tutela por medio de la distracción, mientras potencia el refugio en lo personal, en lo íntimo. Asistimos así al elogio de la familia, valor moral excelso donde la autoridad no es discutida; o a la exaltación de una intimidad que problematizada y convertida en un fin en si mismo, es más un obstáculo que un medio para el encuentro con el mundo y su conocimiento. Este proceso de deslegitimación del dominio público conlleva una disolución de los códigos de significación colectivos que conduce a la resolución de las cuestiones publicas en términos personales. Así, independiente y autónomo, el ciudadano de la posdemocracia, es progresivamente incapaz de enfrentarse a la alteridad, al reconocimiento de la diferencia y al encuentro con el otro, que es el espacio natural del conocimiento la razón y el diálogo.

Comments are closed.