al César lo que es del César, y al César lo que es de Dios

La Epístola a los Romanos lo muestra con claridad: «No hay autoridad sino bajo Dios» (13: 1). Ésa es la teoría. A continuación, en la práctica, elogia la sumisión a las autoridades romanas, partiendo del principio de que los representantes de la autoridad son, ante todo, ministros de Dios. Pablo impide la salida con eficacia: desobedecer a un militar, rechazar a un magistrado, resistir a un prefecto de policía o rebelarse contra un procurador -Poncio Pilatos, por ejemplo…- son ofensas contra Dios. Volvamos a escribir, pues, las palabras de Cristo a la manera paulina: dad al César lo que es del César, y al César lo que es de Dios, para pagar las cuentas…
Provistos de este viático ontológico, los cristianos empezaron muy pronto a vender el alma inútil, en adelante, para practicar los evangelios- al poder temporal; se instalaron en la pompa y boato de los palacios; recubrieron de mármol y oro sus iglesias; bendijeron los ejércitos; santificaron las guerras expansionistas, las conquistas militares, las operaciones policíacas; crearon impuestos; enviaron tropas contra los pobres que se quejaron; y encendieron las hogueras…, todo ello, desde Constantino, en el siglo IV de nuestra era.
La historia es testigo: millones de muertos, millones, en todos los continentes, durante siglos, en el nombre de Dios, con la Biblia en una mano y la espada en la otra: la Inquisición,la tortura, el tormento; las Cruzadas, las masacres, los saqueos, la violaciones, la horca, el exterminio; la trata de negros, la humiIlación, la explotación, la servidumbre, el comercio de hormbres, mujeres y niños; los genocidios, los etnocidios por los conquistadores cristianos, desde luego, pero también, en años recientes, por el clero ruandés junto a los exterminadores hutus; la camaradería con todos los fascismos del siglo XX: Mussolini, Pétain, Franco, Hitler, Pinochet, Salazar, los coroneles griegos, los dictadores de América del Sur, etc. Millones de muertos por amor al prójimo.

Tratado de ateología. M. Onfray

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