Dominadores y dominados (P. Bourdieu, “Espíritus de estado. Génesis y estructura del campo burocrático”)

El orden simbólico se asienta sobre la imposición al conjunto de los agentes de estructuras cognitivas que deben una parte de su consistencia y de su resistencia al hecho de ser, por lo menos en apariencia, coherentes y sistemáticas y de estar objetivamente en consonancia con las estructuras objetivas del mundo social. Esta consonancia inmediata y tácita (en todo opuesta a un contrato explícito) fundamenta la relación de sumisión dóxica que nos ata, a través de todos los lazos del inconsciente, al orden establecido. El reconocimiento de la legitimidad no es, como cree Max Weber, un acto libre de la conciencia clara. Está arraigada en la consonancia inmediata entre las estructuras incorporadas, que se han convenido en inconscientes, como las que organizan los ritmos temporales (por ejemplo la división en horas, absolutamente arbitraria, de la agenda escolar), y las estructuras objetivas.

Esta consonancia prerreflexiva explica la facilidad, en definitiva harto insólita, con la que los dominantes imponen su dominación: “Nada hay más sorprendente para quienes consideran los asuntos humanos con mirada filosófica que ver la facuidad con la que los más (the many) están gobernados por los menos (the few) y que observar la sumisión implícita con la que los hombres revocan sus propios sentimientos y pasiones en favor de sus dirigentes. Cuando nos preguntamos mediante qué medios se lleva a cabo esta cosa tan asombrosa, encontramos que, como la fuerza siempre está de parte de los gobernados, los gobernantes sólo cuentan con la opinión pan sostenerse. Por lo tanto únicamente sobre la opinión se basa el gobierno y esta máxima es extensiva para los gobiernos más despóticos y militares así como para los más libres y más populares.”(1) El asombro de Hume hace que surja la cuestión fundamental de cualquier filosofía política, cuestión que se oculta, paradójicamente, al plantear un problema que no se plantea realmente como tal en la existencia corriente, el de la legitimidad. En efecto, lo que plantea un problema es que, en lo esencial, el orden establecido no plantea ningún problema; que, excepto en las situaciones de crisis, la cuestión de la legitimidad del Estado, y del orden que instituye, no se plantea. El Estado no precisa necesariamente dar órdenes, y ejercer una coerción física para producir un mundo social ordenado: no mientras esté en disposición de producir unas estructuras cognitivas incorporadas que sean acordes con las estructuras objetivas y de garantizar de este modo la creencia de la que hablaba Hume, la sumisión dóxica al orden establecido.

Una vez dicho esto, no hay que olvidar que esta creencia política primordial, esta doxa, es una ortodoxia, una visión asumida, dominante, que sólo al cabo de las luchas contra las visiones contrarias ha conseguido imponerse; y que la “actitud natural” de la que hablan los fenomenólogos, es decir la experiencia primera del mundo del sentido común, es una relación políticamente construida, como las categorías de percepción que la hacen posible. Lo que hoy en día se manifiesta de un modo evidente, más allá de la conciencia y de la elección, ha constituido, a menudo, el envite de luchas y no se ha instituido más que tras enfrentamientos entre dominantes y dominados. El efecto principal de la evolución histórica estriba en abolir la historia, remitiendo al pasado, es decir al inconsciente, las posibilidades laterales que han resultado descartadas.

(1). D. Hume, “On the Fine Principles of the Government”, Essays and Treatises on Several Subjects, 1758.

P. Bourdieu, “Espíritus de estado. Génesis y estructura del campo burocrático”, en: Razones prácticas. Sobre la teoría de laacción . Ed. Angrama 1997-2002

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Después de Gropius

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“Sabemos clasificar edificios por la forma de sus ventanas, o por los detalles decorativos de los capiteles de las columnas. Los consideramos productos de los materiales y las técnicas disponibles. Pero ya no nos sentimos tan cómodos cuando se trata de entender las dimensiones políticas más amplias de un edificio, el porqué existe en realidad, más que cómo existe. Es una omisión que resulta sorprendente, dada la proximidad de la relación entre arquitectua y poder. La arquitectura siempre ha dependido de la asignación de unos recursos muy preciados y de una mano de obra escasa. Por eso, su ejecución siempre ha estado en manos de los que tienen acceso a los hilos del poder más que de los arquitectos. Si el Egipto de los faraones dedicó el excedente de sus cosechas a la construcción de pirámides, en lugar de asignarlos a la construcción de carreteras o la abolición de la esclavitud, no fue precisamente gracias a un impulso creativo de los arquitectos de los faraones.”

LA ARQUITECTURA DEL PODER. Cómo los ricos y poderosos dan forma al mundo.

Deyan sudjic

La verdad de la patria la cantan los himnos: todos son canciones de guerra. R. Sanchez Ferlosio

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El campo político (propiedad privada)

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(..)no hago más que recordar las condiciones sociales del funcionamiento del campo político como lugar en el cual un cierto número de personas que cumplen las condiciones de acceso, juegan un juego particular del que los demás están excluidos. Es importante saber que el universo político descansa sobre una exclusión, sobre un desposeimiento. Cuanto más se constituye el campo político, más se autonomiza, más se profesionaliza, más los profesionales tienen tendencia a mirar a los profanos con una especie de conmiseración. Para que comprendan que no estoy sólo especulando, mencionaré simplemente el uso que ciertos hombres politicos hacen de la acusación de irresponsabilidad lanzada contra los profanos que quieren inmiscuirse en la política: soportando difidilmente la intrusión de los profanos en el círculo sagrado de los políticos, los llaman al orden como los clérigos llamaban a los laicos a su ilegitimidad.

Pierre Bourdieu. El campo político. Plural editores. 2001

El campo político

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