La izquierda como intuición

Nacho París. 2006

“ El derrumbe de la Unión Soviética no fue un desastre para la izquierda mundial. Ni siquiera estoy seguro de que pueda considerarse un revés. (…) Ni siquiera creo que la ofensiva global del neoliberalismo y la llamada globalización hayan estrangulado nuestras posibilidades. Por un lado se trata de una exagerada propaganda que no sobrevivirá a la deflación que se aproxima. Por otro engendrarán, han engendrado, su contratoxina.”

Immanel Wallerstein. Una política de izquierdas para una época de transición

La izquierda: de la puesta en cuestión terminológica a la negación del sentido de su existencia.

No podemos dejar de atender someramente a su origen histórico –que habitualmente se sitúa en la distribución de los escaños de la Asamblea constituyente Francesa de 1789 a derecha e izquierda del presidente, según se fuera monárquico o republicano– ya que obviamente pudiera ser que, habiendo sido útil hasta el siglo XX hoy, dadas las transformaciones político-sociales recientes, –transformaciones que habrían afectado tanto a los tradicionales movimientos de izquierda como al capitalismo– ya no sirviera. Pero también fuese posible que, en los esfuerzos teóricos por cuestionar su validez exista implícita una pretensión de vetar el derecho a la existencia de la actividad izquierdista, de forma tal que desdeñando la utilidad del término se negaría también la pertinencia de cualquier acción asociada a su ideología. Así, la puesta en cuestión de la palabra podría interpretarse como un intento de negar la realidad social que define; y es que, probablemente, el hecho de que el término izquierda se presente como, insuficiente, inadecuado o limitado para definir la diversidad de situaciones y movimientos de contestación tendría que ver más con una presión ideológica neoliberal destinada a negar la existencia y el sentido de la izquierda que con un mero debate semántico.

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Relectura y apropiación

Relectura y apropiación: cuando la creación está amenazada por la legalidad.

“Quizás son aquellos que apoyan la legislación de la representación y la privatización de la lengua los que están bajo sospecha; quizás son las acciones de los plagiarios, en unas determinadas condiciones sociales, las que más contribuyen al enriquecimiento cultural.”
Critical Art Ensemble. The Electronic Disturbance

“Nada es simple y menos el hurto”
Orson Welles. F for Fake

Introducción

Este texto viene a defender la necesidad de desarrollar una visualidad crítica (tanto en la creación como en la recepción) capaz de construir una “imagen política” que, desde una cierta subjetividad visual y situando su quehacer en un ámbito no necesariamente estético, contribuya a discutir, cuestionar o desvelar. los aparatos de poder, los discursos dominantes y las industrias de producción, del arte, de la información, de las imágenes, y del pensamiento… así como las razones económicas e ideológicas que gobiernan nuestro sistema cultural, y que deciden lo visible y lo no visible, y cuyo destino es, en definitiva, controlar nuestros procesos mentales y nuestros modos de interpretar el mundo. Una imagen política en cuyo desarrollo, los procesos de apropiación –que releen y descodifican las producciones culturales de todo tipo– tendrían un valor central como estrategia de contestación a las condiciones de globalización mediática que sufrimos. Entenderemos esa apropiación, no como un robo, si no como el reciclaje, la reutilización, la revisión, la cita el plagio o la tergiversación… como una táctica creativa que en determinado grado es inherente a cualquier proceso expresivo; una forma de trabajo que según terminología usada por E. Bonet en la definición del Archival Art Film en La apropiación es robo. es en cierto modo ecológica (en cuanto que ahorra recursos, al emplear obras, imágenes textos o fragmentos ya creados), y dialogante (ya que establece un intercambio con el entorno cultural heredado), pero sobretodo imprescindible, hoy por hoy, cuando el discurso dominante se impone por su ubicuidad y permanente presencia. Y es desde esta perspectiva –la de la apropiación como estrategia de creación, y no tanto como movimiento artístico posmoderno– desde la que este texto se ocupará del tema.
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Imagen contra palabra. Verosimilitud y medios de comunicación.

 

«Una fotografía tiene dos dimensiones, la pantalla de un televisor también, ni la una ni la otra pueden recorrerse. De un lado al otro de una calle, doblados o arqueados, los pies empujando una pared y la cabeza apoyada en la otra, los cadáveres, negros e hinchados, que debía franquear eran todos palestinos y libaneses. Para mí, como para el resto de la población que quedaba, deambular por Chatila y Sabra se parecía al juego de la pídola. Un niño muerto puede a veces bloquear una calle, son tan estrechas, tan angostas, y los muertos tan cuantiosos.»(…)

«Las fotografías no captan las moscas ni el olor blanco y espeso de la muerte. Tampoco dicen los saltos que hay que dar cuando se va de un cadáver a otro. La soledad de los muertos, en los campamentos de Chatila, era más sensible porque tenían gestos y poses de las que no se habían preocupado. Muertos de cualquier forma. Muertos abandonados». 

Jean Genet Cuatro horas en Chatila

El terrible y doloroso texto de Genet que encabeza este escrito debe, en mi opinión, leerse desde la perspectiva de la imposibilidad cierta de comunicar la verdadera dimensión de una tragedia; el aparente poder de verosimilitud de la fotografía y la televisión poco añaden a la palabra cuando es necesario comunicar la visión del horror. Sin embargo Genet solo pone en tela de juicio la capacidad de la imagen técnica, habla de las limitaciones de la fotografía y de la televisión pero no pone en cuestión el poder de la palabra; a partir de aquí podría interpretarse el texto en otros términos, situando la polémica en la maniquea cuestión de el verbo contra la imagen, lugar común de un cierto pensamiento contemporáneo, que plantea un enfrentamiento entre: la cultura escrita, baluarte de la razón analítica y del pensamiento independiente, y la cultura visual como la hegemónica hoy en día, ámbito propio de la intuición y la inmediatez, a la vez que causa prioritaria del empobrecimiento y la homogeneización de la pensamiento.
Una cierta tecnofobia suele acompañara a este discurso, según el cual el imparable desarrollo de las técnicas de producción y difusión de imágenes seria el culpable, por saturación, del adocenamiento acrítico de una sociedad que se limita a recibir pasivamente los mensajes dictados desde los medios. La inmediatez de lo visual, el flujo permanente de imágenes, no concederían tiempo para el análisis.
Aunque algo de todo esto no deje de ser cierto – jamás habíamos fabricado y recibido tantas imágenes y la visualidad se impone desde la televisión como medio de comunicación de masas dominante, – no lo será menos que nunca se había publicado tanto. La tecnología, a la vez que propicia la invasión de imágenes, ha posibilitado la proliferación de radios y editoriales independientes, y ha simplificado democratizado y abaratado los procesos de edición de libros; como contrapartida no podemos olvidar que, desde la invención de la imprenta, el proceso de democratización de la cultura escrita ha sido un elemento fundamental de la unificación cultural, arma poderosa del colonialismo en el sometimiento de otras culturas y de sus lenguas y dialectos. Fue, que duda cabe, en un largo proceso histórico, mucho más dilatado en el tiempo pero similar al que hoy producen el cine, el vídeo y la televisión en la unificación universal de la mirada. Fenómeno de dominación cultural producido, no tanto desde las características especificas de un lenguaje, como desde el control y dominio de la industria por parte de unos pocos.
Así pues la realidad parece mas compleja, la sospecha crítica de insatisfacción en el proceso comunicativo debe venir sobretodo de factores relacionados con el contexto sociocultural de comunicación contemporáneo y no tanto del supuesto relevo en el dominio de una cultura escrita por una cultura visual.

Los medios de comunicación nos saturan de imágenes, pero su construcción de lo real, su representación no esta afectada por los criterios de la ciencia, a los medios no les importa la verdad, les importa la novedad o la información. Su sistema no es exhaustivo, es selectivo y en consecuencia reductivo; además el proceso de comunicación es excluyente, impide al receptor interactuar, y cuando se le permite esto se reduce a una escenificación. Esencialmente autopoieticos los medios se convierten en una estructura autónoma, que además imponen una moral a la sociedad, es esta moral la que dicta los criterios de «normalidad», sin ella no hay excepción y en consecuencia no se pude seleccionar la noticia. La parcialidad informativa efecto de prioridades tales como la urgencia, la competencia, la exclusividad o el sensacionalismo; dictadas desde el mercado y la industria de los mass media, secuestran la rigurosidad de la información tanto visual como escrita.

Aunque creo que el problema al que hace mención el texto de Genet no se pude plantear de manera absoluta como una confrontación entre escritura y fotografía, lo que sí es cierto es que en la mirada contemporánea sobre la imagen técnica se expresan manifiestamente algunas paradojas sobre la condición moderna de la representación visual y su significado.
Así, aunque el desarrollo técnico e industrial de producción de imágenes desde la invención de la fotografía, haya ido desplazando el primitivo carácter de «analogon» de esta, hacia su condición mas connotativa; resulta paradójico como a pesar de todo ha permanecido, como esquema interpretativo y marco de significado, la hipotética especificidad analógica de la fotografía. Una especie de «prejuicio de realidad» que dotaría de alma o de sentido al hecho fotográfico, un discurso resistente e interesado emitido, en mi opinión, desde el poder y el orden establecido.
La insistencia en los aspectos puramente documentales de la imagen fotográfica ha servido para disfrazar de objetividad lo que sin duda no es otra cosa que opinión. Existe un lenguaje fotográfico que, a pesar de la natural polisemia de la imagen, propone un significado. La imagen es un texto – «la fotografía de prensa es un mensaje»(Barthes) – y la manipulación de la imagen es inherente a su historia. La pervivencia de ese discurso subterráneo que defiende una supuesta esencia objetiva de la fotografía, proviene, a mi entender de la voluntad interesada de una manipulación destinada a confundir opinión e información. Confusión tendenciosa provocada por elementos ajenos al medio, producto de condiciones sociopoliticas que operarían exactamente igual sobre un texto escrito. La imposición de mensajes, la lectura unívoca de significados, se emiten desde el poder y les sirve igual la imagen que la palabra.

Parece ahora que el conflicto se centra más en el contexto de emisión de los mensajes que en el lenguaje utilizado. La cuestión es el dominio de los mass media en el proceso comunicativo desde la condición de oligopolio de estos.
Descartada la dicotomía texto – imagen como centro del dilema, este residiría básicamente en la conjunción de dos factores: primero, nuestra permanente dependencia de esa característica originaria de indicio o de huella de la imagen fotográfica – que nos exhorta a su condición de verdad – segundo, la especificidad de los medios, cuyos formatos y modos de presentación unidos tanto a su condición de comunicación unívoca, como a imperativos de orden sociocultural (industriales, económicos políticos ) y a su permanente presencia en nuestra vida cotidiana – que convierten la imagen en una suerte de ruido y al a mirada en una forma de escucha – terminan creando un marco de referencia dominante sobre nuestra idea de realidad. Para una mayoría de la población, en las noticias transmitidas por la televisión se impone la presunción de fidelidad a lo real frente a la sospecha de manipulación. La institucionalización de los medios como fuente de información legitimada, su presencia cotidiana convirtiéndolos en agentes de confianza, la «naturalidad» asumida de sus criterios de noticiabilidad, terminan limitando sus significados a los que propone la ideología dominante.
Probablemente en el centro de este debate (texto contra imagen, control de la información, verosimilitud etc.) se halle la información transmitida a través de los telediarios. En la discusión a cerca de si estructura una cuestión innegable, pero a menudo hipostasiada, es que se imponga la composición de imágenes a la narración verbal de los hechos; este no sería ni el único ni el mas grave de los problemas, la selección de lo noticiable, la yuxtaposición de sucesos de relevancia diversa, la creación de estereotipos, la unidireccionalidad del proceso comunicativo, las particulares condiciones de recepción del mensaje televisivo, (su presencia cotidiana ), la confusión o la ilusión creada por la televisión y su capacidad de asistir en directo a los hechos – que a diferencia del cine (una huella en diferido una ficción manifiesta) incide en la abolición de todo carácter simbólico de la imagen para confundir en el tiempo lo real y su representación – compondrían un conjunto de elementos que son propios de un modo de representación y terminan configurando los esquemas interpretativos de la realidad. Si la comunicación se entiende como la producción y participación en la construcción de significados son evidentes los riesgos del dominio de una comunicación sin interacción como es producida desde los medios.

El sometimiento de la información a su propia lógica y el sometimiento de la audiencia a la razón de los medios terminan por determinar el absurdo sometimiento de la realidad a las necesidades de los medios.
Lo que habrá que preguntarse entonces es si podemos pensar hoy en el estatuto de la imagen y su poder sin considerar que la capacidad de representación de lo real de la imagen técnica y el monopolio de la capacidad simbólica de esta, le pertenece a los medios; cuya estructura dicta desde sus necesidades, lo visible. En otras palabras, dado que construimos el sentido de lo real a través de nuestra relación con marcos institucionalizados de significado, el universo simbólico producido por la imagen técnica dominada por intereses expúreos esta constituyendo irremediablemente nuestra idea de lo real.
El debate se sitúa, para mi ahora, en si la polisemia de la imagen y el contexto espacial y sociocultural de recepción son elementos suficientes para creer en una respuesta alternativa y una diversidad de significados elaborados por la audiencia frente al discursos inducidos desde el poder.
Probablemente la hegemonía de la televisión dentro del sistema comunicativo y periodístico cuestione la posibilidad de una reinterpretación de los discursos dominantes. La luz de la información televisiva, aunque este bajo sospecha, seguirá arrojando oscuridad sobre lo real mientras dependamos tanto de esa información.
Y en su relación con la muerte, ni la fotografía ni la televisión, dejarán un espacio digno al sujeto fotográfico convertido ya en objeto-imagen. Nadie hablará realmente en nombre de las víctimas, ni el fotógrafo ni el cámara ni el espectador. ¿Quién, porqué, y en nombre de quién dará voz a los muertos?. ¿Cómo pueden devolvernos la mirada?.

«pues la función esencial del Poder Televisivo es, por el mero encuadre en el menú diario del noticiero, convertir en Historia lo que ahora mismo está pasando,
y procurar así que en verdad no pase nada, ya que en el tiempo de la Historia nada pasa»

Agustín García Calvo. De Dios

Valencia amenazada. Arquitectura colosal y ciudadania

Nacho París.  Junio de 2005

Valencia vive actualmente amenazada por una serie de espectaculares proyectos arquitectónicos que se nos presentan como una indiscutible mejora y modernización de la ciudad asociada su desarrollo económico. El listado de carísimas utopías proyectuales en la ciudad y aledaños es sorprendente; de un lado aparecen algunas sustentadas en el poder mediático de la arquitectura espectacular, como: Valencia Litoral, una propuesta para el desarrollo urbanístico del frente marítimo de Valencia, promovido por Ignacio Jiménez de Laiglesia director de Estrategia y Negociación de Inmuebles. y liderada por Jean Nouvel, que supondría una inversión de 2.000 millones de euros para reordenar dos millones de metros cuadrados, desde Nazaret a la Malvarrosa. Sociópolis – un proyecto de urbanización en la pedanía de la Torre de 3000 viviendas de protección oficial en 78 hectáreas concebida como un ghetto de viviendas que se pretende llevar a cabo descatalogando terrenos de huerta y bienes patrimoniales y al que se ha dado luz verde tras incorporar pequeñas demandas sobre las alegaciones en contra presentadas por Per l`Horta, grupos de oposición municipal y el Colegio de Arquitectos. Un proyecto heredado de la Bienal de Valencia que disfrazado de preocupación social, paradójicamente no preveía ningún equipamiento público, ni colegios ni jardines, ni centro de salud, y que solo sirve a los especuladores ya que libera suelo urbano y elimina competencia al alejar del la ciudad las iniciativas de construcción de viviendas de protección oficial. Eso sí cuenta con la colaboración de prestigiosos arquitectos Vicente Guallart, Abalos&Herreros, Manuel Gausa, Torres Nadal, Willy Muller, Toyo Ito, MVRDV, Alejandro Zaera, Duncan Lewis. … Las torres de Calatrava; tres rascacielos llamados ingeniosamente Valencia, Alicante y Castellón, de 308, 266 y 220 metros (inspirados en las columnas de la Lonja de valencia). Un edificio de viviendas de lujo, un hotel, y oficinas, sobre una estación del AVE, junto a un ágora. Una inmoral operación económica, al haberse proyectado sobre suelo expropiado para uso público y donde estaba prevista la construcción de 450 viviendas de protección oficial. Es “el hito final, de uso privado”, en palabras de su autor, para rematar el ruinoso proyecto público de la Ciudad de las Artes y las Ciencias.  El Fodereck; un edificio para poder seguir la Copa del América junto al canal de acceso a la dársena interior del puerto del que se encargara David Chipperfield, una construcción que a pesar de suponer un importante desembolso público será de uso exclusivo. El planeamiento de El Grau (más de 370.000 metros cuadrados en torno a la desembocadura del Turia), el Balcón al Mar, la ampliación del IVAM… …Y junto a estos proyectos aparecen meras operaciones urbanísticas, cuyo interés especulador no se disfraza con grandes firmas de arquitectos estrellas; como el pelotazo de Mestalla: que implica dos recalificaciónes la de los terrenos del actual Mestalla y la del Valle de Porxinos, (1.651.000 metros cuadrados de suelo rústico de alto valor ecológico) sobre el que se construirían además de la ciudad deportiva, 2800 viviendas. La ampliación de Blasco Ibáñez – que supondría la destrucción de un entramado de calles declarado Bien de Interés Cultural y el desplazamiento de mas de 2000 vecinos–,o el eterno del Parque Central, que consiste en el soterramiento de las vías que proceden de la Estación Norte, un proyecto de parque, inicialmente, al que le van creciendo rascacielos a medida que se modifica y que esta influyendo negativamente en el depredador proceso especulativo que esta sufriendo el Barrio de Russafa.

De esta superabundancia de ocurrencias urbanas espectaculares sorprende, en primer lugar, la variedad de las que aparecen ligadas a la America`s Cup y al turismo que hipotéticamente generará. Y en segundo lugar, la manifiesta incompatibilidad de algunas, (especialmente las que se disputan la reordenación de la fachada litoral de la ciudad) revelando una falta de definición y sobretodo una guerra de intereses ajenas a la ciudadanía. En cualquier caso, el sano espíritu de competición, promotor de tanta iniciativa, parece contagiar todas las operaciones urbanas y arquitectónicas a las que nos referimos; y en las que se aborda el progreso como si de otro concurso deportivo se tratara (más alto más grande, más moderno). La propaganda institucional imbuida del espíritu de lo «sublime histérico» (Jameson), de una filosofía de show de los récords, ampara estas intervenciones abundando en el gesto populista, obsesionada exclusivamente por la trasgresión de la medida, en la búsqueda absurda de esa mercancía de “lo único” espectacular que convierte la desmesura en propaganda para disfrazar el sentido estrictamente mercantil de estas operaciones.

Así, ante el frenético advenimiento de ocurrencias constructivas vinculadas a la Copa del América, resulta inevitable pensar que los responsables de los gobiernos metropolitano y autonómico no se dignan a proponer, si no es a cuenta de un macro-evento cultural o deportivo que – aún a pesar de su carácter coyuntural – absorberá gran parte de nuestros recursos económicos, y se convertirá en la razón o la excusa para transformaciones definitivas de la fisonomía de la ciudad. Como si Valencia no necesitara creación de infraestructuras mantenimiento y mejoras cotidianas, como si nuestras vidas no se fueran a desplegar sobre unos proyectos que, presentándose ahora como intervenciones urgentes y necesarias –tan “necesarias” como un canal de 80 mts. de ancho por 400 mts. de largo que conecte la dársena interior del puerto con la zona de regatas en solo 15 minutos, o un club de propietarios de grandes yates con su propio helipuerto, y una zona de amarre para embarcaciones con más de 40 mts. de eslora (Carolina del Olmo)–. En realidad no son mucho más que improvisaciones concebidas para adornar esta ciudad de cara a una figura tan cómoda para el poder político como lo es le de el turista; alguien de paso, un visitante alienado que gasta mucho sin exigir tanta prestación de servicios, ni implicarse en los problemas urbanos y que parece constituirse en el único usuario legítimo del espacio público.

Pero hay que estar atentos, porque tras la hermanada estrategia del macro evento mediático y la arquitectura espectacular (cortinas de humo), subyace un modelo de desarrollo urbano neoliberal radicalmente especulativo que se propone como excluyente respecto a una planificación urbana seria, social y participativa, contrario a un proyecto democrático y definido de ciudad. Así que los poderes públicos y privados aún podrán admitir la critica al espectáculo de turno, pero difícilmente permitirán el debate público sobre el modelo urbano implícito, y a quien beneficia.

Esta manifiesta ausencia de planificación, sustituida por la avalancha de proyectos espectaculares, es una situación que, siendo el signo de los tiempos, proviene, en parte, del fracaso de las promesas transformadoras de determinadas utopías de ordenación urbana, pero sobretodo, del advenimiento de una razón económica que, despreciando el carácter prescriptivo del proyecto como instrumento de racionalidad técnica y utilidad social, pretende falazmente, que: liberando el desarrollo urbano a las dinámicas del mercado se obtienen mejoras para toda la sociedad. Esta fe en las bondades de la economía neoliberal favorece el abandono del gobierno de la ciudad en las manos de sectores económicos, tan tremendamente volátiles, como las compañías financieras y el sector inmobiliario lo cual supone un indudable riesgo económico – hay que recordar ahora el papel que jugo el hundimiento del sector inmobiliario en anteriores recesiones económicas. Pero además este triunfo ejecutivo de los flujos de inversión globales, de la flexibilidad y la desrregularización, generan una aceleración del proceso socioeconómico que influye en el cambio urbano alejándolo de la sociedad local. De hecho el desinterés del ayuntamiento de Valencia y la resistencia de los promotores valencianos ante el proyecto Valencia Litoral procedería de la imposibilidad, dada su magnitud, de su control exclusivo, de ahí que este megaproyecto desate las iras de Juan Bautista Soler y las ambiciones de Florentino Pérez.

La construcción de la ciudad, (o mejor la destrucción de la idea de ciudad), de acuerdo a una estrategia económica neoliberal, funciona coartando cualquier intento de planificación y participación de la sociedad civil y relegando la labor de las administraciones públicas a una mera gestión, desarrollada en defensa de intereses mercantiles. Pero una ciudad que crezca atendiendo exclusivamente a paradigmas económicos especuladores, y cuyo único proyecto sea un proyecto financiero, se encontrará, sin duda, con serios problemas en su desarrollo que afectaran a la calidad de vida ciudadana. Probablemente este modelo de desarrollo urbano desatenderá las relaciones espaciales entre vivienda trabajo y servicios; experimentará una agudización de los problemas medioambientales; sufrirá una baja calidad constructiva y verá sus formas de socialización, su espacio público, reducido al ámbito del centro comercial.

En cualquier caso, lo que resulta evidente que estamos inmersos en un proceso de adaptación de la ciudad a las exigencias de la economía global, y que en ese proceso la única baza que juegan los poderse locales, parece ser al explotación ad-nauseam de nuestra ubicación geográfica – de ahí las tensiones urgentes por la reordenación de la fachada litoral –; ya sea por la vía del turismo, ya por la de las comunicaciones en tanto que desarrollo de la ciudad portuaria (y aquí parece perdida la batalla con Barcelona por el liderazgo logístico de la euroregión C6). Pero las consecuencias, para la ciudad en este proceso de desarrollo urbano parecen tan graves como los efectos socioeconómicos que padecerán los ciudadanos en el incesante camino de la terciarización de Valencia: procesos de gentrificación y precariedad laboral

Así que para que no se note (ante la magnitud de los daños colaterales que se van a inflingir a la población) los poderes políticos y económicos optan por la exaltación de la cáscara y lo arbitrario, con la esperanza de crear una fascinación, un asombro, que anule las dudas sobre la necesidad de las intervenciones previstas. Pero el vecino atento, o el inmediatamente afectado (ya que nuestro papel en las disputas entre Necso y Dragados solo puede ser el de víctimas) deberá preguntarse que sentido tienen todas y cada una de estas operaciones, a quien benefician y que ofrecen realmente al ciudadano. Por ejemplo, ¿para que queremos hiperedificios como las torres de Calatrava? Las torres de Calatrava, representan lo que Fernández Alba define como la quiebra entre espacio urbano y objeto arquitectónico, carecen de utilidad urbana y, al margen de servir como símbolo al poder, son una operación innecesaria en esta ciudad si atendemos, primero a los 66.000 pisos vacíos (según el INE) y, segundo, a la utilidad de los rascacielos que no son más que una forma de descongestión; solución a una hiperdensidad metropolitana que aquí no existe.

Pero es que esta presión arquitectónica sin planteamiento urbano que amenaza Valencia revela que, tanto como la política institucional, la arquitectura -espectáculo se encuentra iluminada por el faro cegador del mercado global. La tercera ola del capitalismo, su fase posindustrial, el imparable proceso de globalización posdemocrática, o como se le quiera llamar, y que tanto incumbe a la producción de bienes simbólicos, afecta a la arquitectura dinamitando las ideas de forma y función ( Roberto Fernández). Las monumentales intervenciones arquitectónicas que nos amenazan se desarrollan mayoritariamente sin cuestionamientos, sin conciencia ética y despreciando su función social, dejando como objeto de reflexión únicamente desvaríos estilísticos, variaciones formales, y soluciones hipertecnológicas sin justificación; que rindiendo culto a lo innecesario o a la prepotencia y terminan convirtiéndose en el contenido mismo de la arquitectura. (la ampliación del IVAM es un ejemplo)

Pero la contradicción más sangrante se da entre la magnitud de tanto proyecto constructivo espectacular y el deterioro y abandono del centro (que sufre una imparable hemorragia demográfica) y de los barrios históricos. Cosa que no se entiende porque incluso desde la única razón capaz de ser contemplada por este ayuntamiento, la de la mercadotecnia competitiva de las ciudades, carece de sentido ignorar la extraordinaria importancia de los centros históricos como polos de atracción y elementos configuradores de la imagen de la ciudad. De manera que, especialmente hablando de una ciudad del viejo continente, la imagen del centro urbano es la imagen y representación misma de la ciudad entera. ( y mientras tanto Rita Barberá amenaza con convertirnos en la ciudad líder en arquitectura del mundo)

Parece, en resumen, que, en nombre del espectáculo, la razón de la acción de gobierno es crear un buen clima para los negocios a cualquier precio; lo grotesco es que el motivo elegido sea ni más ni menos que una carrera de barcos; lo trágico es, que en este proceso de creación de un entorno favorable para el desarrollo del capital privado, los perjudicados seamos precisamente la población urbana. Dice D. Harvey que cuando la inversión pública se destina a la creación de un buen clima para los negocios se esta subsidiando el capital y por lo tanto se está contribuyendo a un proceso de restablecimiento del poder y los privilegios de clase. Así que habrá que recordarle al gobierno local que la ciudad es mucho más que el precio de su metro cuadrado, es un espacio social dinámico, un producto colectivo de encuentro, y el lugar donde transcurre nuestra vida. Por eso entre la crisis histórica de un funcionalismo demiúrgico que nos deja huérfanos de utopías urbanas, y el dominio una razón económica neoliberal debe existir un espacio para la reflexión común que permita la construcción plural de la ciudad, articulando proyectos urbanos participativos que atiendan a las necesidades ciudadanas aunando los saberes técnicos o disciplinares y los saberes sociales, (la experiencia y la proximidad) desde la certeza de que la reflexión y el trabajo participativo pueden responder, si es necesario, al desafío de la competencia metropolitana sin destruir la idea de ciudad.

Ceci n´est pas exploitation. Santiago Sierra y el sentido del arte político.

Las acciones que lleva a cabo el artista Santiago Sierra consisten en cosas tales como: contratar a un indigente durante dos semanas y meterle en un hueco bajo tierra, a siete dólares la hora; o bien rasurar una línea de 10 pulgadas sobra las cabezas de dos heroinómanos, remunerándoles con una dosis a cada uno; o tatuar una línea de 250 cm. sobre la espalda a seis hombres, o hacer lo mismo a prostitutas heroinómanas a cambio del precio de un chute; o pagar a indigentes para permanecer en el interior de cajas de cartón; o introducir a una persona detrás de un muro de ladrillo para que permanezca durante 360 horas continuas; o encerrar a trabajadores en la bodega de un barco.

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