Monoteismos y pulsión de muerte. “Tratado de Ateología”, M.Onfray

Pues el monoteísmo se inclina por la pulsión de muerte, ama la muerte, quiere la muerte, goza de la muerte y está fascinado con ella. La da, la distribuye masivamente, amenaza con ella y pasa al acto: desde la espada sanguinaria de los judíos que exterminaban a los cananeos hasta la utilización de aviones de línea como proyectiles voladores en Nueva York, pasando por cl lanzamiento de las bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki, todo se hace en nombre de Dios, con su bendición, pero sobre todo con la bendición de los que lo invocan.
Hoy en día, el gran rabinato de Jerusalén fustiga al terrorista palestino cargado de explosivos en las calles de Jaifa, pero guarda silencio sobre el asesinato de los habitaiftes de un barrio de Cisjordania destruido por los misiles de Tsahal. El Papa desaprueba la píldora como responsable del mayor genocidio de todos los tiempos, pero defiende abiertamente la masacre de cientos de miles de tursis por los hutus católicos de Ruanda; los más altos tribunales del islam mundial denuncian los crímenes del colonialismo, la humillación y la explotación a la que los ha sometido y somete el mundo occidental, pero se alegran de la jihad mundial llevada a cabo bajo los auspicios de Al Qaeda. Fascinados por la muerte de goys, impíos e infieles los tres, por otra parte, consideran al ateo como el único enemigo en común.

al César lo que es del César, y al César lo que es de Dios

La Epístola a los Romanos lo muestra con claridad: «No hay autoridad sino bajo Dios» (13: 1). Ésa es la teoría. A continuación, en la práctica, elogia la sumisión a las autoridades romanas, partiendo del principio de que los representantes de la autoridad son, ante todo, ministros de Dios. Pablo impide la salida con eficacia: desobedecer a un militar, rechazar a un magistrado, resistir a un prefecto de policía o rebelarse contra un procurador -Poncio Pilatos, por ejemplo…- son ofensas contra Dios. Volvamos a escribir, pues, las palabras de Cristo a la manera paulina: dad al César lo que es del César, y al César lo que es de Dios, para pagar las cuentas…
Provistos de este viático ontológico, los cristianos empezaron muy pronto a vender el alma inútil, en adelante, para practicar los evangelios- al poder temporal; se instalaron en la pompa y boato de los palacios; recubrieron de mármol y oro sus iglesias; bendijeron los ejércitos; santificaron las guerras expansionistas, las conquistas militares, las operaciones policíacas; crearon impuestos; enviaron tropas contra los pobres que se quejaron; y encendieron las hogueras…, todo ello, desde Constantino, en el siglo IV de nuestra era.
La historia es testigo: millones de muertos, millones, en todos los continentes, durante siglos, en el nombre de Dios, con la Biblia en una mano y la espada en la otra: la Inquisición,la tortura, el tormento; las Cruzadas, las masacres, los saqueos, la violaciones, la horca, el exterminio; la trata de negros, la humiIlación, la explotación, la servidumbre, el comercio de hormbres, mujeres y niños; los genocidios, los etnocidios por los conquistadores cristianos, desde luego, pero también, en años recientes, por el clero ruandés junto a los exterminadores hutus; la camaradería con todos los fascismos del siglo XX: Mussolini, Pétain, Franco, Hitler, Pinochet, Salazar, los coroneles griegos, los dictadores de América del Sur, etc. Millones de muertos por amor al prójimo.

Tratado de ateología. M. Onfray

Maiacovsky. Neither Sorcerer, nor God, nor Servants of God are a Help to Us