(…) todas las casas son (casi) iguales (salón-cocina-baño-dormitorios), todas las escuelas, hospitales, oficinas, etc. Para crear la realidad del agenciamiento entre arquitectura y actividad hace falta una repetición de las formas en el tiempo que sea capaz de crear un consenso general y cerrar e invisibilizar las controversias iniciales que se dieron en el momento de la creación. Esto significa un proceso de naturalización de las formas arquitectónicas y de automatización de comportamientos dentro de
ellas.
Mark Wigley (4) cuenta en su ensayo Gender House que en los tratados de Alberti sobre la arquitectura doméstica del Renacimiento surge en un momento dado una nueva habitación: el estudio. Esta habitación se crea (evidentemente para el hombre) para la administración de la casa, para escribir y para otros asuntos políticos. A la vez que se crea esta habitación (arquitectura) hay una creación política y subjetiva, política porque se convierte en un derecho de todo ciudadano y subjetiva porque se crea el deseo (de tener una). A la vez que surge el estudio para los hombres, surge el vestidor para las mujeres, y sus consecuentes construcciones sociales, políticas y subjetivas.
Esto es un ejemplo más de cómo la invención de los espacios es una escritura social compleja,que se imbrica con cuestiones políticas, de género, etc.
Como dice Eduardo Serrano (5), habitante y habitación se construyen mutuamente.
Aquí podemos imaginar las continuas y mutuas construcciones que se han ido orquestando a lo largo de la historia de la arquitectura: la arquitecturización de lo domestico, de las instituciones, del espacio público; a la vez que la construcción de la familia, de los alumnos o pacientes, y de los ciudadanos (6). Estas construcciones implican la definición de varias cosas: por ejemplo, de lo que es público y de lo que es privado (dicotomía que es constantemente redefinida, y quesiempre ha tenido una relación directa con la construcción de los roles de género). También, la construcción de la distinción y del lujo (a través, por ejemplo de la calidad de materiales y delos tamaños de los espacios). Otro: la construcción del poder, (que está fuertemente representada por la monumentalización, la jerarquía espacial y el control de las vistas). Beatriz Colomina (7) añade una dimensión más a esta compleja construcción de lo doméstico: la guerra. Y lo hace a partir del análisis de un momento concreto: los años 50 en EEUU.
En los años 50 surge toda una cultura de culto a lo doméstico en los EEUU. La arquitectura moderna se instala como hábitat idílico para el consumo de masas. La explosión de electrodomésticos de todo tipo para equipar la casa, hacen de la tecnología una aliada para mejorar la calidad de vida. Pero todo este ambiente, la consolidación de la arquitectura moderna, es inseparable de la guerra, ya que directamente recicla técnicas, materiales y métodos de ella. La guerra no desaparece. Más bien se prolonga en el consumo de losproductos derivados de la tecnología y de la eficiencia militar. (8)
Y baste el ejemplo de la compañía que los arquitectos Charles y Ray Eames formaron con John Entenza, fabricaban contrachapado que durante la guerra se usaba como tablillas para inmovilizar las piernas de los lisiados y que más tarde (a través de toda una maquinaria compleja de diseño y publicidad, que incluye diseñadores, arquitectos y revistas) se recicla como material de objetos domésticos (juguetes para niños, muebles, adornos, etc.). (9)
Miches Serres escribe que la guerra es un contrato (10). Y que más allá de terminar, la guerra se prolonga a través de otras acciones que tienen que ver con el poder (por ejemplo a través de la dominación). En este caso, ese poder se traduce a través del consumo y de la producción y mantenimiento de una domesticidad ideal.Durante la guerra fría, la domesticidad misma se convierte en arma, las fotos de ambientes domésticos ultra-felices con sonrisa fija, son exportados a todo el mundo como muestra propagandística del triunfo del estilo de vida norteamericano.Y a su vez, la domesticidad misma se convierte en campo de batalla. Por un lado gracias a la televisión (que importa al espacio privado las batallas de la guerra) y por otro gracias al césped,batalla incansable de toda familia suburbana. Cuidar el césped, a parte de suponer un pasatiempo que ahorra gasolina, neumáticos y transporte público (útiles para la guerra), se convierte tras la guerra en la mejor terapia para los problemas mentales. Las mujeres devienen así enfermeras y se anima a la población civil a cuidar de sí misma (a través de las mujeres,por supuesto). Las depresiones de las amas de casa, se unen a las depresiones de los veteranos, y se acucia así la preocupación fundamental de posguerra: las enfermedadesmentales, que se ven además incrementadas por el aislamiento típico de esta forma de vida suburbial.
Las batallas contra los insectos y los topos del jardín se articulan como estrategias militares,llegando a denominar el DDT como la bomba atómica del mundo de los insectos. La violencia se transmite desde los campos de batalla hasta los hogares pasando por revistas de jardinería y productos insecticidas.Los refugios antibombas de la guerra fría, reproducen, de una manera espeluznante, la fuerte ambigüedad estructural de los suburbios norteamericanos: por un lado la amenaza de la
aniquilación total y por otro la creación feliz de un entorno doméstico hiper-equipado.
A través de todo el libro (11), Beatriz Colomina nos hace un recorrido visual (el libro es doble,teniendo las mismas páginas de imágenes que de texto) por todos estos dispositivos queimbrican tan íntimamente la construcción de los entornos domésticos (que además son elcomienzo de la domesticidad tal y cómo la entendemos actualmente) y la guerra (las guerras).Estos dispositivos van desde revistas de diseño y arquitectura, materiales (como elcontrachapado), técnicas, casas, estrategias de comportamiento, publicidad, etc. Y estánfuertemente atravesadas por una construcción muy determinada de los géneros y la diferencia sexual, de la feminidad y de la masculinidad. No me quiero extender en este punto, ya que
cualquiera que haya visto alguna vez imágenes publicitarias de los 50 es capaz de atisbar la diferencia de los roles entre hombres y mujeres, de cómo la mujer se presenta como una prótesis de la casa (de la domesticidad, de la organización interior) además de con atributos femeninos exageradamente impostados y el hombre como prótesis del coche (de la comunicación, de la organización exterior) y siempre asociado a las macro-tecnologías y a las decisiones importantes.
Es por ello que las nuevas tecnologías del hogar y los nuevos diseños de casas se infiltran a través de revistas para mujeres. Es por ello también que se incita deliberadamente a las mujeres a cuidar de la población civil en tiempos de guerra (cuando el estado no da abasto). Y también es por esto, por lo que se exige a los hombres el total control de la situación y de sus emociones.
Lo que quiero decir con todo esto, es que para que el agenciamiento guerra-domesticidad funcione, lo tiene que hacer apoyado en todo el aparataje heteronormativo de la familia y de la construcción de sus roles. Y que además todo esto es performativo, es decir, se incentivan, serepiten y se reproducen todas las desigualdades sociales, (a través de la técnica y de multitudde dispositivos), desde la casa hasta el campo de batalla y viceversa.
(4) “Sexuality and space”. Varios autores. Beatriz Colomina, editora.
(5) Eduardo Serrano, en el texto: “Sobre la triste historia de la puñetera vivienda”
(6) Un claro desarrollo de esta construcción mutua entre la ciudad y sus ciudadanos, y más concretamente entre las estrategias de desarrollo de las ciudades y la forma de entender sus cuerpos, se puede encontrar en el libro “Carne y Piedra” de Richard Sennnet.
(7) Beatriz Colomina: “La domesticidad en guerra”.
(8) Beatriz Colomina: “La domesticidad en guerra”.
(9) Beatriz Colomina: “La domesticidad en guerra”.
(10) Michel Serres : “El contrato natural”.
(11)Beatriz Colomina: “La domesticidad en guerra”.